Tamara cuento por Rhafhaell

Donde miro
Donde miro. Dibujo en carboncillo, por Rhafhaell.

Tamara

El primer encuentro lo tuvieron en un restaurante. José era un hombre de unos treinta y ocho años y Julieta tres años menor que él. Él era periodista y en aquél tiempo buscaba historias tratando de hacer la suya propia. Después de haber tenido una ruptura amorosa con la mujer que había estado a punto de ser su esposa,  se había encerrado por casi cuatro meses en un auto-exilio entre su lecho y la soledad. Buscaba en cada página, en cada línea, algo que le hiciera volver a sentir algún deseo. Esa tarde estaba recostado en un océano de recuerdos. Lloraba amargamente sintiéndose infantil. Su niñez llegaba primero. Se quedó dormido y al pasar algunas horas se despertó en la madrugada sollozando. Sus mejillas estaban aún húmedas. Se sintió culpable por su infancia,  por sentirla desperdiciada, por haberla vivido solamente sin disfrutarla. ¿Quién escoge la vida de las personas? Se preguntaba. ¿Porqué unos serán más felices que otros en su infancia? Cuestionaba al vacío de la habitación. Era su constante inconformidad con la vida y  una constante búsqueda de algo que no entendía y no sabía qué. Murmuraba. No voy a poder dormir. La infancia, es o nos hace ser ¿lo que nunca podremos alcanzar? Decidió ya no seguir buscando y se incorporó de su lecho. Eran las tres de la mañana y no tenía sueño.

En unos cuantos minutos se encontraba caminando por las calles. Se detenía en cada esquina mostrándose tal cual era. Por un momento pensó en colocarse un letrero en el pecho que dijera algo así como ¡YA! YA NO BUSCO PERO AQUÍ ESTOY SI BUSCAS o ESTOY AGOTADO, SALVENME. Encontró un restaurante abierto y decidió entrar para tomarse un café y escribir algo, cualquier cosa.

Ella estaba allí, sentada frente a él. Tan sólo separados por unos cuantos pasos y algunas mesas del restaurante. Él estaba contemplando los detalles de la atmósfera física y fue aquí donde dio inicio una situación de personajes reales. José pensaba en decir que no había lugar ni tiempo para escribir otra historia  más, pero eso era imposible y se lo repetía entre cada trago de café mientras escribía.  El tiempo existía en ese momento solamente para detenerse en él y tardar todo lo que quisiera en la contemplación del rostro de quien estaba frente a él. Había más imaginación que hechos. Pensaba en la trama de otra historia y estaba auto-convenciéndose que ésta estaría en el conflicto que cada lector le pudiera imprimir a sus propias historias, en pocas palabras, que hicieran lo que les diera la gana ya que en ese momento ella lo estaba mirando fijamente y aquél rostro pálido le regaló una desvelada sonrisa. Movíó sus hombros haciendo que su frágil cuerpo temblara un poco debajo de aquél vestido verde aceituna. Él no sabía si lo miraba simplemente por el hecho de estar en su horizonte y le buscó un letrero en el pecho. No encontró nada.

José quería reflejar cierta indiferencia pero internamente la imaginaba en una secuencia de oraciones, retrospectivas y  palabras húmedas. Además se prometió soñarla en forma recurrente. En esos momentos, ella era para él todo lo que quisiera imaginar: el terror, lo prohibido, un pensamiento añejo, tan añejo como la moral que dicta caminos retorcidos, provocativa por el sólo hecho de existir, ella jamás sería culpable por estar fuera y dentro de lo imposible.

Ella era la historia y el amanecer, ideas sueltas, pecado, pensamiento mundano, otro amanecer, un día, toda una existencia, la línea de equilibrio que dibuja el equilibrio mismo justificado por su sola presencia. Él estaba abandonado completamente en los terrenos del placer contemplativo: en sus ojos, en su corto pelo y su figura enclenque. A la existencia de ella le inventó tan solo una sombra y un deseo: una prohibición, un NO rotundo, pero ¿qué leyes le pudieran prohibir la admiración y el enamoramiento hacia un ser como ella? ¡Ninguna! Eso se tiene y no es de nadie, se controla pero hasta donde uno quiera. Las palabras las seguía deslizando por sus hombros, palabras invisibles y la noche allá afuera con un toque de viento rozando lo más íntimo de sus sábanas. Él imaginaba esa habitación y planeaba cómo hurgar siendo un espía invisible para perturbarle sus sueños con alguna osadía.

–Hola, me llamo Julieta– ella estaba frente a él, de pie. José se había estado perdido por un instante en sus pensamientos que no se percató del momento en que  ella se había incorporado y ahora estaba frente a él.

–¡Hola! Yo me llamo José. ¿Me quieres acompañar?  –él la invitó a una de sus sillas.

Esa noche entablaron una conversación algo trivial pero detrás de esa cortina frívola había un diálogo corporal más profundo y difícil de ocultar. Al despedirse, ella lo hizo dándole un beso en los labios. José lo tomó de buena forma pero un mucho sorprendido y le entregó su tarjeta. De regreso a su departamento, encontró que todos los letreros de la ciudad habían desaparecido, sólo quedaban algunas luces de neón bañando el horizonte con destellos frágiles y silencio. Durmió plácidamente hasta el mediodía.

Ella le llamó y lo citó en un lugar algo extraño: en el cementerio. ¿Por qué ahí? Él le preguntó sutilmente. Porque es muy importante para mí, ella contestó. A la hora indicada, José la buscó entre las tumbas. El ambiente era tétrico, callado y José percibió una extraña presencia siempre junto a él. A unos cuantos metros, se encontraba Julieta que le hacía señas con su mano. Se encaminó entre las lápidas y cuando llegó al lugar donde estaba ella, varios pájaros emprendieron su vuelo de entre los pinos cercanos. Ella sonrió y se abrazaron. José no supo porqué lo hizo pero había algo que lo atraía. Sintió rigidez y frialdad en aquél cuerpo frágil. Ella olía a humedad y tierra. Lentamente se apartaron y se miraron directamente a los ojos.

–Me das miedo– le dijo José.

–No tienes porque tener miedo.

El aliento de ella era cálido y con olor a hierbas aromáticas. Sus manos estaban heladas pero su piel era tersa.

–Ven–le dijo ella tomándolo de la mano.

Se sentaron a la orilla de una tumba adornada ricamente con distintas figuras de flores y frente a ellos estaba una tumba en la cual sólo se leía “Tamara”.

–Tamara–leyó José–. ¿La conocías?

Julieta solo lo miró y se encogió de hombros.

–¿Porqué estamos aquí? ¿Qué es lo importante? –José empezaba a sentirse nervioso. Ella se acercó un poco más hacia él sintiendo su calor. Eso puso mas nervioso a José. –Vámonos de aquí, Julieta.

–Espera un poco, cobarde. Tienes qué calmarte. respira profundo y sólo escucha, por favor. Guarda silencio.

Julieta  cerró sus ojos y respiró profundamente. Enderezó su espalda y su rostro se relajó. Le pidió a José que hiciera lo mismo. Él la miraba con extrañeza pero decidió seguirle el juego en esa tarde nublada.

–¿Escuchas? –preguntó ella.

–¿Qué?

–Pon atención y cierra los ojos. Concéntrate.

José primeramente escuchó el sonido de algunos pájaros que habían quedado en los pinos. Después escuchó al viento y a lo lejos algunas hojas secas movidas de un lugar a otro. También escuchaba las respiraciones de Julieta.

–¿Escuchas esa voz? –preguntó ella quedamente.

–¿Cuál voz? No juegues, por favor.

–Hay una voz de una mujer y canta.

–No… No la escucho. Mejor nos vamos, ¿no?

–¿Qué dices?

Ella lo sujetó del brazo con una fuerza tal que no iba en proporción a su cuerpo delgado. José no tuvo oportunidad de incorporarse y en esos momentos el viento incrementó su fuerza hasta el punto de levantar la hojarasca y mover el pelo de Julieta. Ella cerraba de nuevo sus ojos.

El viento parecía susurrar alguna melodía al compás de las hojas. Estas producían un chasquido que parecían formar algunas palabras casi imperceptibles. El viento golpeaba nuevamente sus rostros y él miraba de un lado a otro tratando de entender esas frases melodiosas. Al final de lo que parecía cada estrofa, se repetía un estribillo que decía Tamara. José aguzó más sus oídos: Tamara y luego una sucesión de sílabas extrañas. Tamara y ahora sí escuchaba la voz de una mujer que cantaba cerca de ahí. Tamara y los labios de Julieta parecían seguir el ritmo de la melodía. Tamara y Julieta cantando al compás de las hojas. José estaba petrificado pero poco a poco se fue tranquilizando ya que aquellas notas parecían penetrar en su interior produciendo una paz que nunca antes había sentido. Julieta sonreía sin dejar de mover sus labios.

–Me gusta venir cada semana aquí –dijo ella– especialmente los viernes. Ese día es más nítida la voz.

–¿Cuánto tiempo tienes viniendo?

–No lo sé. Tal vez cuatro o cinco meses.

–¿Y cómo la descubriste?

–Es una larga historia.

José sintió que el cuerpo de Julieta ahora desprendía un ligero calor. La piel de ella ahora era de un color más rosado. Su semblante ya había perdido su palidez. El viento se fue calmando poco a poco. José se sintió mareado y tuvo un ligero estremecimiento. La noche se acercaba y decidieron irse de inmediato.

Esa noche José la invitó a su departamento pero ella se negó. De hecho hasta se mostró un tanto molesta.

–Mañana te contaré cómo descubrí a Tamara, le dijo mientras se despedían.

Ella no regresó al día siguiente. José la buscó en todos los lugares posibles. Llegó el día viernes y decidió buscarla en el cementerio. Esperó toda la tarde y Julieta no aparecía. Todos los siguientes días repitió su búsqueda y nada. Invocaba una y otra vez su presencia. Se dio cuenta que traía puesto de nuevo un letrero de búsqueda. Regresó a sus recuerdos y pero ahora se sentía una persona diferente. Su vida parecía otra. Sus días transcurrían convencido de que Julieta había sido un ángel.

Un miércoles, el cielo se atiborró de nubarrones oscuros. Corrió al cementerio y buscó la tumba de Tamara. Allí se quedó con la inquietud de sentir la tormenta que caería de un momento a otro. Los truenos eran frecuentes. El viento empezó a soplar con cierto vaivén rítmico como si fueran olas del cielo que se iban y regresaban golpeando el rostro de José. Cerró sus ojos y escuchó el canto gregoriano de un varón. Venía de algún lugar como de catacumbas. Al final de lo que parecían ser unas estrofas se escuchaba melódicamente el nombre de Julieta. En esos momentos José sentía un ligero calor que inundaba su cuerpo. Se miró las manos y parecían llenarse de un color rosado. Sonrió al sentirse empapado por la lluvia que en esos momentos se descolgaba violentamente sobre los pinares. Los pájaros sólo guaradaban silencio.

Rafael Jurado . Marzo 2014.

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