Del caos al orden

 a la basura

(Rafael Jurado)

  “…yo mismo soy el asunto de mi libro.

 No hay razón, entonces, para que emplees tu ocio

 en un tema tan frívolo y vano”

 Charles Montaigne[1].

Aquí no hay nada nuevo. Sólo un caos de dudas y cuestionamientos con un intento de establecerles un orden. ¿Quién no se ha despertado algún día con la cabeza llena de dudas? ¿Quién no se ha detenido ante la orilla del abismo y sentir el vértigo de la ignorancia? Algunos tal vez den la media vuelta y continuarán su camino; otros, buscarán a tientas  y se encontrarán con un muro de palabras y lo seguirán con cierta intuición de llegar a un incierto lugar.  Preguntas como ¿qué le pasa al arte en nuestros días? ¿Se muere el arte?  ¿Qué entiendo por  belleza, estética o arte? ¿Para qué sirve todo eso? Son alfileres que no todos los días se le clavan a uno con la misma intensidad y que de alguna u otra forma abordarlos a la ligera es como entrar en una ciudad desconocida. Uno debería de  cuidarse de la inocencia de uno de esos amaneceres en que te cae encima una tormenta de dudas y entonces no hay  otra alternativa que guardarse todo en el bolsillo de la meditación e irlo sacando poco a poco hasta que vaya tomando forma ese muro de palabras. Por varias semanas, se fueron acumulando  razonamientos e investigaciones para tratar de dar un orden a ese caos. Como miembro fiel del vulgo y aficionado ignorante de la música, pintura y literatura (en ese exacto orden), de pronto me había apasionado por todo lo relativo al arte y la estética. Las preguntas de aquella mañana fueron el pretexto para iniciar el desarrollo de las presentes ideas.

Conforme avanzaba en la aventura, quedaba muy en claro lo siguiente: todo objeto de estudio sólo tendrá tres alternativas por seguir: ni una ni la otra sino todo lo contrario. Tomar cualquiera de esos tres caminos equivaldría a seguir los cánones de una metodología filosófica (desconozco todavía las reglas científicas) y no faltará algún ser que considere a la perspectiva filosófica como un agujero profundo y oscuro muchas veces sin salida. Para buena o mala fortuna,  según el enfoque, las mismas corrientes de estudio lo llevan a uno inevitablemente por los senderos  de la Filosofía, ni hablar.

La muerte del arte

¿Muere el arte? ¿Por qué la pregunta? No recuerdo si lo leí o lo escuché pero la pregunta se me quedó clavada desde esos momentos. Al  decir: “el arte muere”, inevitablemente nos llevaría al camino de tener que  demostrarlo y tal vez nunca se logre tal fin porque al decir que el arte ha muerto o está muriendo, es como decir lo mismo de la humanidad. El arte es una célula integrada a la misma condición humana, le compete exclusivamente a ella misma. De ahí se podría ampliar entonces la idea sobre la base de que el arte es un elemento de un concepto más general llamado cultura. Enrique Pallares, en su obra  Perfiles de la Cultura Contemporánea, sostiene que “una cultura específica es vista como un conjunto más o menos implícito  de características inmutables atribuibles a grupos diferentes de personas, en donde la geografía, la religión y el arte son algunos de esos rasgos inmutables que permiten identificar a esa cultura”[2]. Hay en su obra, un epígrafe de Clifford Gertz que no está de más citarla: “Sin hombres, ciertamente no hay cultura; pero, asimismo, lo cual es más significativo, sin cultura no hay hombres”[3].

Pero, ¿qué es el arte?  Para iniciar las disecciones anatómicas del cuerpo en estudio, se partirá desde la siguiente definición mas o menos aceptada: “arte: derivado del latín ars que significa habilidad. Proporciona a la persona o personas que lo practican y a quienes lo observan una experiencia que puede ser de orden estético, emocional, intelectual o bien combinar todas estas cualidades” [4].

Para llegar a esta definición actual del arte, será necesario mencionar las diferentes teorías que vienen desde los tiempos de Platón, quien sostenía el concepto de mímesis: imitación de la realidad, copia o utilización del objeto. El pensamiento de Platón tenía una marcada tendencia ascética. Aristóteles agregaba que el arte complementa hasta cierto punto lo que la naturaleza no puede llevar a un fin. En el siglo III, Plotino de Alejandría manifiesta que los momentos más elevados de la vida son estados místicos, con lo que afirmaba que el alma está unida a lo divino. Sus afirmaciones sostenían que la experiencia estética se encuentra muy ligada a la experiencia mística pues se genera un abandono terrenal mientras se contempla el objeto estético[5].

Decir entonces, que el arte está muriendo, significaría estarle quitando al ser humano aquellas habilidades que le producen ese tipo de experiencias estéticas. El arte vive en y con nuestros días; no muere, sólo evoluciona tal como lo hace el ser humano y su cultura. La tecnología también  evoluciona. Las habilidades para producir arte definitivamente requieren de cierta técnica la cual también evoluciona. La llegada de la era actual del silicio y lo que ésta pueda hacer por el arte ha producido nuevas técnicas para nuevas formas de expresión artística. Tal es el caso de la invención de la fotografía.  Inevitablemente, éstas evoluciones traerán consigo el respiro de nostalgias para aquellos que no caminan a la misma velocidad y esperan pacientes tal vez  el rescate de una idea romántica o apuntando hacia el otro extremo: la concepción de ideas apocalípticas para el arte. Ante el vertiginoso ir y venir de los cambios actuales, de nada nos valdría profundizar en esas corrientes. Al menos no en estos momentos.

Entendiendo los conceptos de estética y belleza.

El objeto del arte produciendo una experiencia de orden estético, según lo citado anteriormente, obliga a ir más allá de una simple intuición del concepto de estética. Atendiendo a la definición tradicional de lo estético, se citará que: “estética: relativo a la belleza, placer estético. Teoría de la sensibilidad. Ciencia que trata de la belleza y de los sentimientos que hacen nacer lo bello entre nosotros” [6].

El caos, el propio por supuesto, parecía haber estado calmado, pero sólo se había revolcado en los polvos del orden y aquél se incorporó molesto. Una idea quedaba muy clara: el objeto  tendido en la mesa de disección, llamado “arte”, no estaba pues muriendo. Bien. Entonces, llegó la meditación, la contemplación y el desmembramiento de sus partes y así llegamos al concepto de estética: una idea ligada a la belleza. ¿Y qué es lo bello? Ahora, el pisar  nuevamente en vacío, provocaba un vértigo ya bastante familiar, el de la ignorancia. Sabio sería no pisar los terrenos de los fabricantes de camisas de once varas llamados filósofos pero aquí no hay sabiduría y además, la comodidad que produce la flojera mental cuando hay un caos de por medio, obliga a recurrir inevitablemente a los que han dicho mucho de lo mismo. Hegel, por ejemplo. Antes de eso, se citará otro concepto más que podría estarse escapando: “belleza: armonía física o artística que inspira placer y admiración”. Entonces, ¿podría ser que la expresión humana que provoca placer y admiración, se considera bello? Hegel menciona en su obra De lo bello y sus formas:

La idea de lo bello como idea absoluta encierra un conjunto de elementos distintos o momentos esenciales, que como tales deben de manifestarse y realizarse. Es lo que podemos llamar, en general, formas particulares del arte.

Estas deben de ser consideradas como el desarrollo de las ideas que encierra en su seno la concepción del ideal y que el arte pone en descubierto. Así, este desarrollo no se cumple en virtud de la acción exterior, sino por la fuerza inherente a la idea en sí misma; de tal modo que es la idea la que se despliega en el conjunto de formas particulares que nos ofrece el mundo del arte.

Por otra parte, si las formas del arte encuentran su principio en la idea que manifiestan, esta idea, a su vez, no es idea verdadera, sino en cuanto está realizada en sus formas. Así, en cada grado en particular que alcanza el arte en su desarrollo, está ligado inmediatamente a una forma ideal. Es indiferente que consideremos el progreso del desarrollo de la idea o de las formas que la realizan, pues estos dos términos están estrechamente unidos entre sí, y el perfeccionamiento de la idea como fondo se muestra, al mismo tiempo, como perfeccionamiento de la forma.[7]

Pero entonces, ¿qué es aquél fenómeno donde lo bello no lo es tanto para unos como para otros? Aquí debe de entrar algo así como una escala de valores donde forzosamente el individuo se verá influenciado por su grado de sensibilidad, su cultura, su entorno, es decir, todo lo que es y le rodea, algo más de un valor subjetivo. ¿Se podría entender pues, que la belleza no es tan sólo un atributo de los objetos sino algo que está dentro de nosotros mismos? Enrique Pallares trata el mismo punto cuando aborda el tema de “La inconsistencia del relativismo cultural”:

Cuando reflexionamos sobre los hechos del mundo, las conductas y actitudes de los hombres, sus motivaciones y objetivos o sobre sus creencias  y visiones del universo, no podemos evitar el uso de ciertos conceptos tales como bueno o malo, bello o feo, normal o anormal, justo o injusto e incluso falso o verdadero… las cosas y los fenómenos naturales están interpretados y mediados por los convencionalismos de un determinado grupo.[8]

Además, menciona, que tenemos un filtro mental que se va formando desde nuestra infancia (haciendo la distinción sobre el lenguaje a secas y el lenguaje conceptual)[9] y que nos iremos alimentando de nuestro entorno para formar nuestra muy particular forma de apreciar nuestro entorno.

En el siglo IV A.C. hasta el siglo IV de la era cristiana, hubo una filosofía llamada epicureismo que sostenía lo anterior.  Epicuro afirmaba en su teoría que cuando uno siente la belleza, entra en juego un sentimiento de placer, principios de lo que conocemos actualmente como la teoría hedonística.

Ahora que toca el punto de hablar sobre las diferentes teorías existentes, no es difícil encontrar las suficientes que confirmen las posibles posiciones que cada quien pueda hacer suyas.  ¿Para qué inventar una más? Varios fueron los hombres que creyeron y defendieron sus diferentes posturas, todas ellas válidas en sus tiempos y ahora, como algunos desean sostenerlo, esas teorías pudieran estar desbancadas por lo que se conoce como el post-modernismo. Kant y Hegel fueron creadores de un idealismo que tuvo su radio de influencia correspondiente y que todavía nos llega hasta nuestros días.

Es necesario hacer una pausa en estos momentos. De pronto, había algo que parecía   familiar en todo este proceso de investigación que se llevaba a cabo: cuando existe algo que  nos atrae, ese algo puede producir un sentimiento que muchas veces no podemos explicar, puede ser tal vez un sacudimiento del alma o tal vez un vacío y entonces intentamos analizarlo más detalladamente, tratamos de descifrar sus formas y fondos y si ese algo es demasiado complicado para nuestro entender, estaremos entonces sacrificando un posible  goce estético por la aparente comodidad intelectual, es decir, en el mejor de los casos: el razonamiento que mata a la sensibilidad; y en el peor: la flojera mental y el abandono, la claudicación. Abordar el tema del arte, estética y todo lo demás, pudiera parecer que el razonamiento estuviera matando a la sensibilidad en estos momentos y esta situación nos puede suceder muchas veces al intentar entender lo bello. Tal vez esto se entienda mejor si se menciona la teoría que estudia algunas condiciones de lo bello en el arte y la naturaleza que iniciaron a finales del siglo XIX y principios del XX.

Henri Bergson defendía que el arte se sostenía en una serie de intuiciones, lo que es una aprehensión directa de la realidad no interferida por el pensamiento. Benedetto Croce, italiano, exaltó la intuición y consideraba que era la conciencia inmediata de un objeto que de algún modo representa la forma de ese objeto. Esa admiración inicial que nos cautiva, inevitablemente nos llevará a buscar en el fondo de nuestras mentes, el registro de experiencias previas y de ahí nacerán los conceptos y pensamientos que irán dando vuelo al goce estético. Conforme se elaboran razonamientos y se piensa al objeto, iremos abandonando ese sentimiento inicial. En la medida que evoquemos de nuevo ese placer, será más el registro del impacto estético en nosotros. Esa experiencia del goce estético, el modo especial que cada uno aprehende su realidad, creará ciertos patrones o esquemas que irán fortaleciendo nuestro grado de sensibilidad.  Algo tiene que ver esto cuando se nos presentan las siguientes figuras:

anciana y joven

(Credito de la imagen: Museo Ilusionario via photopin cc)

En la primera figura, creada por el psicólogo Edgar Rubin, muchos apreciarán, a primera instancia, la figura de dos rostros frente a frente; otros, sólo verán la figura de una copa. Lo mismo será para el caso de la imagen de la anciana y la joven. Cada quien interpretará de forma diferente lo contemplado.

La intención del arte.

¿Para qué sirve el arte? ¿Qué intención tiene crear algo estético? Immanuel Kant (siglo XVIII) sostenía que el objeto bello no tiene algún propósito específico, el arte debería dar la misma satisfacción desinteresada que la belleza natural. Inmmanuel Kant es considerado como el padre de la “estética trascendental”. Marx, sin embargo, quiso darle cierta utilidad social al arte, pero Freud fue más allá y le dio un valor para utilizarlo en forma terapéutica: “es por este medio por el que tanto el artista como el público, pueden revelar conflictos profundos y descargar tensiones. Fantasías y ensueños son transformados en un escape psicológico”. Lo importante es que algunos sentaron las bases para la continuación de sus tiempos y obtuvieron avances importantes para la evolución del arte. Algunos hombres que influyeron en el concepto de lo que se llama estética moderna fueron Arthur Shopenhauer, Friedrich Nietzche, Henri Bergson, Benedetto Croce, Jorge Ruiz de Santayama.

Para poder entender la intención del arte, habría que descender hasta al análisis de ese  ser responsable de ir del dicho al hecho: el artista. Ese ser humano dotado con cinco sentidos y uno más, que debido a su propia naturaleza, le es difícil educarlo o utilizarlo: la intuición. La intuición es utilizada por el artista para aprehender su entorno, su muy especial forma de contemplar su realidad. Todo ser humano tiene esa “intuición” y como todo atributo, unos tienen más, otros menos; pero todos, al final de cuentas, somos artistas. Esa intuición, como ya se anotó anteriormente, es una forma especial de sensibilidad. ¿Se podría aplicar aquí la actual teoría económica de la oferta y la demanda? Aquéllos que tienen poco, necesitan de los que tienen bastante para re-crear; aquél que goza de la literatura, re-crea el placer estético y necesita de aquél que escribe; el que goza una obra musical, necesitará de aquél que goza expresando musicalmente sus ideas.

Para llegar al punto, es decir, sobre la intención del artista, resulta que esa sensibilidad reclama y exige su lugar. Pero pensar en esto es como ir abandonando esa intuición para adentrarnos en un razonamiento que  la mayoría de las  veces resultará infructuoso. Resulta que ése gusanillo dentro del artista que asciende muchas veces por las paredes de la angustia, exige, a como dé lugar, satisfacer una necesidad interna de expresión. Una necesidad de establecer un orden al caos que reina en esos momentos. Al retomar las palabras de Kant, surge la pregunta de que si esa satisfacción desinteresada que algunos artistas logran, no es parecido al orden impuesto por la naturaleza al caos metafísico y existencial para producir lo bello. ¿Será que nuestra misma esencia nos obliga a imponer un orden, como elementos de la misma naturaleza? Esa aprehensión de la realidad, ha provocado en el artista el nacer del sentimiento de lo bello. Ese instante donde a veces llega a ascender hasta el grado de lo sublime, le produce al artista una angustia terrible, es sufrimiento hasta el grado de la exaltación. Es como si casi tocara a los dioses, la búsqueda de lo inalcanzable. En la antigüedad se consideraba al artista con cierta reverencia, se les trataba con cierto espíritu sacro. Algo tenían que ver con el misticismo. Esa parte desconocida llamada espíritu, asciende por un túnel donde al final cree haber encontrado la luz. Entonces acude a sus recursos para expresar y eternizar en un medio, la obra que lo hará acreedor del adjetivo “hacedor de arte”.  Factor importante será la técnica que utilice para esa expresión.

No se puede hablar de las intenciones del artista sin considerar la época, las condiciones sociales-políticas-culturales en que le ha tocado vivir. De ahí que venga el arte utilitario socialmente, el panfletario o el impulsador de ideas revolucionarias, lo que se le conoce como arte comprometido. ¿Qué decir del arte sacro? Tenemos el arte que le ha dado al ser humano un bastón de apoyo para su bienestar y comodidad.  ¿Valdría la pena mencionar el caso de aquél ser que tuvo la necesidad de crear su primer vasija para tomar agua? Algunos objetos de arte cumplirían entonces una doble intención: lo práctico y lo estético.  Actualmente es difícil imaginar lo uno separado de lo otro para el bienestar y comodidad, basta con dar algunos vistazos en la historia y encontrar que las artesanías buscaban satisfacer ambas cosas, basta y sobra con recordar las bases de lo que es la  arquitectura. Ya en el terreno del goce estético, existe la duda que sea de gran importancia tratar de descubrir las intenciones del artista y su obra. Rara vez daremos en el clavo, a menos que de viva voz del artista, tengamos la fortuna de saber sus intenciones; sin embargo, no debería de haber interés en saberlo a menos que eso contribuya al mismo proceso del goce estético.

La preocupación de las cuestiones de la belleza, llevó a muchos a establecer ese orden imitando a la misma naturaleza (mimesis). Lo simple y armonioso resultaba y resulta ser bello. Pero lo bello es tan solo una ilusión escondida dentro de una escala de valores subjetivos. De ahí que existan tantas teorías y concepciones como interpretaciones de la misma realidad. Alguien lanza la primera piedra para sondear las profundidades del lago y el que llega a sumergirse personalmente, siempre traerá una muestra parcial de su experiencia propia. Aquella persona que realiza arte, o sea el artista, se dejará llevar por los sentimientos que mueven su maquinaria interna. Entonces con ciertas habilidades y técnica, logrará activar esos resortes internos que hagan saltar el sentimiento de lo bello, de lo estético. No podría ser más simple. Esa motivación, esa necesidad de expresión, estará a medias a no ser que el círculo se cierre cuando del otro lado del espejo, se encuentre la figura de otro ser  que se extasíe o disfrute del mensaje o en el peor de los casos, construya una interpretación alrededor de lo que era la primera intención.

El arte tiene en su seno, la intención social que se le pueda atribuir a la cultura. Esto se debería de entender en el sentido de la interrelación de la cultura con la sociedad y viceversa de acuerdo a lo expresado por Pallares: “la cultura, tiene la función de estimular y dirigir la imaginación del individuo, proporcionándole satisfacciones en las actividades estéticas, en los juegos, en la literatura, la curiosidad intelectual, en el mundo de la fantasía o en los sueños de las delicias póstumas que ofrecen algunas religiones.”[10]

Las técnicas del arte

Los paradigmas del arte se fueron dando conforme se sucedían las épocas y los diferentes movimientos artísticos. El uso de la técnica sigue siendo base fundamental para la producción de una obra. El hombre de las cavernas utilizó su propia técnica para plasmar sobre la roca lo que consideraba importante. Quien haya utilizado por primera vez una piedra para de ahí esculpir y dar forma a un objeto, sorprendería a toda su época con su novedosa técnica; quien haya utilizado, por vez primera, un lienzo para plasmar una pintura, provocaría el mismo asombro en los demás. Es en la misma técnica donde se le da vida a las formas y los fondos de la misma obra; es miembro crucial de ese cuerpo. El rompimiento o evolución de las mismas técnicas ha sido factor importante para lograr nuevos medios de expresión. Los dadaístas cambiaron viejos esquemas y así podríamos tomar varios casos en donde se demuestra que la técnica ha evolucionado. Sin embargo, no todas las corrientes del río humanitario corrían en la misma dirección. De ahí nacieron los choques de ideologías y principios. Entonces nació la gran máquina etiquetadora de ismos vanguardistas para saber en donde colocar las piezas del futurismo o del cubismo, etc.  Así llegamos a nuestros días. Hoy, que somos el hombre moderno y que nos codeamos con el progreso, que vivimos la época de la informática y la súper-carretera de la información (internet), los circuitos integrados que todo lo gobiernan y la gran moda actual de la globalización, la técnica se encuentra más que nunca más cerca de las masas. Los medios para explotar la expresión son apoyados por el advenimiento de la computadora. Aquellos que no tengan los medios (y no precisamente económicos) y la técnica para producir un óleo, podrán emular su obra en algún paquete (software) computacional dedicado a crear una pintura digital. Para aquellos que nunca han tenido contacto con alguna orquesta sinfónica, podrán (con la ayuda de algunos wizardsF), crear una pieza musical con esas maravillas llamadas secuenciadores o programas ready made.  A cualquiera de los clásicos, tal vez les  hubiera dado por esperar a nacer en nuestra época con tales facilidades.

El futuro del arte

Entendiendo la evolución del arte, podemos deducir como secuencia inmediata y  proyectar  a corto plazo el futuro del arte. Habría que subrayar “corto plazo” debido a los vertiginosos cambios que se viven en ésta época. En los últimos cien años, se han vivido cientos de cambios que no se habían dado en los anteriores mil años. Para entender nuestra posición actual, es necesario mencionar las corrientes antikantianas y antihegelianas que surgieron en los años setenta. El centro de las controversias post-modernistas surgieron, según algunos estudiosos de la materia, en Chicago en el año de 1974 a partir de la demolición de varias viviendas sociales. De acuerdo al ensayo de Blanca Muñoz La post-modernidad como pensamiento ilustrado,  menciona que a partir de esta fecha se genera una línea de pensamiento de “ecléctica construcción”[11].  El avance de los medios de comunicación y el lanzamiento editorial rápidamente difundido, así como el estado de opinión que construyen “modas de consumo intelectual” por la rapidez de circulación de revistas y suplementos “culturales” y la creación de un modelo receptor-consumidor, son las causas externas de esa línea de pensamiento. Sin embargo, ese ataque a las ideas del siglo de las luces no han logrado desbancar el lema de lo que fue la ilustración:

La ilustración es la salida del hombre de su auto culpable minoría de edad. La minoría de edad significa la incapacidad de servirse de su propio entendimiento sin la guía de otro. Uno mismo es culpable de ésta minoría de edad cuando la causa de ella no reside en la carencia de entendimiento, sino en la falta de decisión y valor para servirse por sí mismo de él sin la guía de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento[12]

Blanca Muñoz concluye, que la ilustración es un proyecto aún inacabado. “Si la finalidad del luminismo  fue un proyecto de perfeccionamiento de lo humano, éste propósito sigue sin ser realizado en su totalidad. La ilustración, como síntesis de ética y estética, continúa siendo el objetivo de un progreso histórico en el que lo general y lo individual no sean antagónicos”[13].

Sin embargo, es evidente que poco a poco la magia se ha diluido con la automatización y nos hemos acostumbrado a vivir con ella en forma cotidiana, por decirlo de algún modo, la magia se ha vuelto un lugar común. La capacidad de asombro ahora se sienta frente al computador y espera paciente el resultado del casi nulo esfuerzo por producir “arte”. Es cierto que el arte ha cambiado su posición en las jerarquías sociales y ha perdido aquél toque secular y sacro para llegar al consumo general de las masas, pero no por tal razón será que esté tocando a las puertas de San Pedro, pero ¿será cierto que también se ha degradado esa satisfacción desinteresada que mencionaba Kant? ¿Sería muy arriesgado mencionar que el arte se ha inclinado más a la mundanidad y al uso propagandístico, a la cultura del marketing, como por ejemplo, el arte actual al servicio de una producción en masa de carteles artísticos para anunciar un producto o una idea?  ¿Las inquietudes de nuestros artistas estarán plenamente cubiertas con estas posiciones?

Pero no todo debería de verse desde esa perspectiva. Parte importante han sido las nuevas técnicas para el diseño de nuevos esquemas arquitectónicos y estéticos, hablando de lo que es la arquitectura e ingeniería. En el llamado séptimo arte, no se puede negar el uso de la tecnología de punta para provocar el nacimiento de ese sentimiento de lo bello.  Esta misma situación ha permitido que prácticamente cualquier ser, disfrute del arte desde la comodidad de su habitación preferida o en el peor de los casos, en la esquina donde se encuentra el cyber-café. Miles y miles tienen acceso a exposiciones y muestras de arte que de otra forma sería casi imposible realizarlo. Se puede disfrutar de una obra musical clásica o contemporánea a cualquier hora del día. Nuestros tiempos han producido su propio arte. Marinetti y su futurismo estarían ensalzando las supervelocidades de los actuales procesadores pentium con sus arrimados en kilobits de transmisión y megahertz de procesamiento. Hemos aprendido a no asombrarnos tan deprisa. Apenas si tenemos tiempo de ir de un asombro a otro. Me pregunto cuál sería la reacción de Da Vinci al ver a cualquier ser humano que no tenga ningún conocimiento de lo que son las artes plásticas, producir un diseño en pantalla con la ayuda de unos clicks y después ordenar a la impresora de óleos producir el lienzo  de la obra correspondiente. Al menos, en lo personal, me da pánico pensar que ya no serán necesarios los pinceles y las espátulas. A mi gusto, suena bastante frío pero igual de real. Probablemente ya deberíamos de estar dejando el testamento para nuestros descendientes sobre aquél extraño placer que provocaba deslizar unas cerdas sobre la virginidad de un lienzo blanco y sobre el éxtasis que produce la magia de nuestra extremidad creando formas, texturas y sombras. Sin embargo, tal vez ellos podrían estar defendiendo un goce estético que les provoca el hecho de estar creando un nuevo arte digital. ¿Cuál sería la diferencia entre el mundo soñado por Da Vinci y el mundo virtual creado por un conjunto de circuitos integrados? Las ideas del renacimiento todavía siguen vigentes en nuestros días: deseamos capturar lo bello y hacerlo propio.

De todo este intento por establecer un posible orden al caos, varios aspectos se pueden concluir con el aprovechamiento al máximo de un posible pensamiento deductivo:

Primero. No podemos sustraernos del avance tecnológico de nuestros tiempos pero el conocer nuestra realidad, deberá estar siempre encaminado al aprovechamiento de todos los elementos que están a nuestro alcance para lograr utilizar los diferentes medios de expresión. Segundo. Siempre habrá quien rescate la aparente pérdida de valores estéticos en nuestra sociedad por lo que podemos afirmar que el arte no muere afortunadamente, sino que va de la mano en el proceso de adaptación del ser humano, además, el perfeccionamiento de éste  siempre llevará, dentro de sus cromosomas,  la herencia de toda aquella influencia histórica de nuestros antepasados, sobre todo por la facilidad y rapidez con la que actualmente se cuenta para obtener información. La amalgama cultural en la que estamos creciendo,  producirá un nuevo arte universal ante la convergencia de influencias por la globalización. Ese arte no será más que el mismo felino pero más revolcado en los lodazales de lo concerniente al concepto de marketing del neocapitalismo. Y por último, hablar sobre el ser humano y sus obras, trae consigo ya implícitos, ciertos goces estéticos que nunca serán estériles. Sin embargo, por otra parte, no cabe duda que todas las épocas, no sólo la nuestra, han producido artistas  y obras de arte que siempre confunden a la humanidad y esta avalancha de arte de masas que estamos viviendo actualmente traerá consigo inevitablemente entre sus entrañas, la producción de artistas y obras de arte de pacotilla, aquellos que sólo logran confundir al espíritu tal como lo afirmaba Berenson: “No es cierto que la discusión, el sentar teorías aisladas de las obras y sin experiencia directa de ellas, sea cosa estéril; la palabra es una forma de vida. Y la palabra pasa; mientras la obra, cualquier aborto de obra, queda por los siglos y es, en la mejor de las hipótesis, un estorbo; y en la peor, un elemento de corrupción para los espíritus.”[14]

Señor Berenson: no sólo las obras confunden, también algunas palabras perduran. ¿Y la palabra no será acaso una obra de arte? Ella también tiene su constante búsqueda de la armonía, de lo bello, del intento por establecer un orden al caos.


F Pasos a seguir que lo llevan a uno a completar el proceso en forma satisfactoria.


[1] Montaigne, Charles: Ensayos, México, Biblioteca Universal Conaculta Océano,  1999, Pág. 3

[2] Pallares, Enrique : Perfiles de la Cultura Contemporánea, México, Universidad Autónoma de Chihuahua, 2000, Pág. 9

[3] Pallares, Enrique : Perfiles de la Cultura Contemporánea, México, Universidad Autónoma de Chihuahua, 2000, Pág. 49

[4] Enciclopedia digital Microsoft Encarta 98

[5] Enciclopedia digital Microsoft Encarta 98

[6] Enciclopedia digital Microsoft Encarta 98

[7] Hegel, Georg Wilhelm Friedrich: De lo bello y sus formas, Espasa-Calpe, Madrid, 1969, Págs. 139-140.

[8] Pallares, Enrique : Perfiles de la Cultura Contemporánea, México, Universidad Autónoma de Chihuahua, 2000, Pág. 107

[9] Pallares, Enrique : Perfiles de la Cultura Contemporánea, México, Universidad Autónoma de Chihuahua, 2000, Pág. 50

[10] Pallares, Enrique: Perfiles de la Cultura Contemporánea, México, Universidad Autónoma de Chihuahua, 2000, Pág. 58

[11] Muñoz, Blanca: La post-modernidad como pensamiento anti-ilustrado, algunas reflexiones sobre la ideología de un final de siglo, internet.

[12] Kant, Inmmanuel, ¿Qué es la ilustración?, Tecnos, Madrid, 1993, Pág. 17

[13] Muñoz, Blanca: La post-modernidad como pensamiento anti-ilustrado, algunas reflexiones sobre la ideología de un final de siglo, internet.

[14] Morra, Umberto: Del arte y la vida.  Coloquios con Bernard Berenson  , México, Breviarios del Fondo de Cultura Económica

Anuncios

Puedes dejar tu comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s